La América Latina posible

Grandes tendencias se han consolidado a nivel global en los últimos 50 años. En mayor o menor medida, América Latina ha sido partícipe y, en algunos casos para bien o para mal protagonista. En algunos ámbitos son claros los avances, mientras que en otros, no tanto.

Comencemos por el reconocimiento de la importancia de preservar la estabilidad macroeconómica.

La crisis de la deuda a principios de los años ochenta representó el final abrupto de un modelo económico insostenible. El cierre del acceso a los mercados internacionales de crédito significó recortes del consumo y la inversión para reducir necesidades de importaciones que ya no se podrían financiar con endeudamiento externo. Esto resultó en severas contracciones de la actividad económica y, en consecuencia, de la calidad de vida de los ciudadanos.

En algunos países, se optó por sustituir el crédito externo por financiamiento monetario para evitar recortar el gasto doméstico. El resultado no fue menos traumático: episodios hiperinflacionarios que conllevaron al colapso de la actividad económica. Esto es lo que se conoce como la década perdida de América Latina.

Pero no todo fue pérdida. Estos embates revelaron la importancia de contar con un andamiaje institucional que asegurase la estabilidad macroeconómica; condición necesaria -aunque no suficiente- para sentar las bases de un crecimiento robusto y sostenible a largo plazo. La región adaptó e incluso innovó en este ámbito.

Entre otras reformas, destacan la independencia de los bancos centrales para un mejor control de la inflación, el establecimiento de reglas presupuestarias para garantizar la sostenibilidad de la política fiscal y una mayor eficiencia del gasto, y la flexibilización de las políticas cambiarias para el uso de los tipos de cambio como primera línea de defensa para absorber choques externos.

Gracias a ello, buena parte de los países de la región fueron capaces de navegar las cambiantes condiciones externas sin llegar a los episodios de crisis macroeconómicas de otrora.

 

 

 

La región también encaró la liberalización de los mercados financieros a escala global. América Latina invierte más de lo que ahorra domésticamente, por lo que el capital internacional sigue siendo clave para financiar la inversión en la región.

Si bien las necesidades de financiamiento externo siguen siendo una constante en la región, las modalidades e instrumentos de financiamiento han cambiado. En buena parte de la región, la inversión extranjera directa se ha convertido en la principal fuente de financiamiento externo, mejorando la manera de compartir riesgos. Los instrumentos también han variado, favoreciendo bonos y acciones, a diferencia del crédito bancario de otrora.

Pero la liberalización financiera no estuvo exenta de problemas en la región, especialmente en sus inicios. En ausencia de una adecuada regulación prudencial la entrada de capitales, especialmente de corto plazo, conllevó a endeudamientos excesivos que catalizaron olas de crisis bancarias en los mercados emergentes cuando cambiaron las condiciones externas. La crisis del tequila del 94 y el contagio de la crisis asiática del 97 dejaron secuelas difíciles de olvidar.

Pero de estas experiencias también se extrajeron aprendizajes. En la actualidad la región cuenta con sistemas bancarios mejor regulados y más profundos, que desempeñan mejor su función de intermediación.

La liberalización de los mercados de bienes y servicios fue otra tendencia que marcó el desempeño de la región en las últimas tres décadas. Este aspecto de la globalización llevó a la consolidación de cadenas globales de valor que integran a economías avanzadas y emergentes en complejos procesos de producción e intercambio, destacando grandes polos en Asia, Europa y Norteamérica.

A partir de la década de 2000, la contribución al crecimiento global de las economías emergentes superó al de las economías avanzadas. La apertura de China al comercio global tuvo, sin duda, un rol protagónico en esta tendencia. China se transformó en un jugador global y su desempeño económico marca tendencias en los mercados.

No es casualidad que mientras China creció a tasas cercanas al 10%, el auge en la demanda de materias primas incidió en el alza de los precios de la década de 2000. Toda vez que China comenzó a expandirse a tasas más moderadas, los precios de las materias primas también tendieron a moderarse.

 

 

 

No es casual entonces que la región se benefició del auge del comercio de las materias primas a la par que China se convirtió en el principal socio comercial de varios países de la región, desplazando a Estados Unidos.

Una América Latina con instituciones macroeconómicas y financieras más sólidas se encontró mejor preparada para aprovechar las condiciones externas extraordinariamente favorables que caracterizaron a la economía global.

En efecto, la aceleración del crecimiento en América Latina entre 2000 y 2015 permitió mejoras sustanciales en los mercados laborales, que favorecieron la reducción de la pobreza y la desigualdad. No solamente se redujo el desempleo, sino que la calidad del empleo aumentó en la medida en que se crearon más trabajos formales.

La expansión económica elevó también los ingresos fiscales, permitiendo impulsar el gasto social. Todo ello redundó en mejoras en el bienestar de las sociedades.

Este proceso favoreció la consolidación de las clases medias en la región. La clase pobre dejó de ser el grupo predominante en la región. No obstante, sigue existiendo una clase vulnerable importante que podría caer nuevamente en situación de pobreza ante un deterioro de las condiciones económicas.

 

 

 

El reciente debilitamiento del crecimiento en América Latina, en efecto, pone en riesgo el avance de las ganancias sociales. Éste, después de todo, es el fin último del crecimiento económico: generar mejoras sostenidas en los estándares de vida de los ciudadanos.

La debilidad del desempeño económico en la región va mucho más allá de aspectos meramente cíclicos derivados de un entorno externo algo menos propicio. El crecimiento potencial de la región es relativamente bajo, especialmente si se compara con el desempeño de las economías asiáticas que han logrado converger en los últimos cincuenta años a niveles de ingreso por habitante más cercanos a aquellos que prevalecen en las economías desarrolladas.

De modo que, a pesar del éxito reciente en materia de crecimiento, el ingreso promedio por habitante de la región es apenas 30% del ingreso promedio por habitante en Estados Unidos, por ejemplo. En otras palabras, América Latina apenas recuperó el terreno perdido en los ochenta y noventa en términos de converger a estadios superiores de ingreso.

El meollo de este fenómeno no es otro que la endémica baja productividad de la región. Si América Latina quiere incrementar su participación en los mercados globales o regionales y de esta manera aprovechar el impulso del comercio para el crecimiento, resulta indispensable hacer esfuerzos para elevar la productividad.

A pesar de la retórica proteccionista reciente, difícilmente el comercio global deje de ser un motor del crecimiento para América Latina. En tal sentido, la región debe prepararse para aprovechar las ventajas que pueden ofrecer mercados emergentes en proceso de expansión, urbanización y sofisticación.

Esto, sin embargo, no es tarea fácil. Salvo contadas excepciones, la matriz exportadora de la región no ha variado sustancialmente en medio siglo y su participación en el volumen de comercio mundial se ha estancado.

Tampoco es concebible que enclaves exportadores competitivos sean capaces de jalonar la productividad agregada de la economía, si coexisten con amplios sectores informales de muy baja productividad que no tienen capacidad de ser absorbidos por sectores más dinámicos.

Cambiar las estructuras e instituciones que han determinado la endeble productividad de la región, requiere de consensos políticos para romper dinámicas que obstaculizan la innovación y los procesos de movilización de recursos entre sectores y empresas que mejoren la eficiencia. Es aquí donde puede pensarse en la América Latina posible en los próximos 50 años.