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22 de enero de 2018¿Por qué necesitamos formas alternativas de medir la pobreza?
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La lucha contra la pobreza debe incorporar indicadores socioemocionales -como  la autoestima o las habilidades para la vida- para reflejar mejor la situación de los más vulnerables, y con ello elaborar políticas públicas más eficientes. 

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En los últimos años América Latina ha logrado avances históricos en la lucha contra la pobreza: la redujo casi a la mitad entre el 2002 y el 2014, pasando del 42,8% al 23,4%.

Pero este éxito no ha estado exento de una creciente insatisfacción con las formas más habituales de medirla, basadas en indicadores tradicionales generalmente enfocados en aspectos cuantitativos como los ingresos, la mortalidad o el acceso a crédito, que dejan de lado otras variables, también importantes, como el capital social, las emociones, las habilidades para la vida o la solidaridad.

Premios Nobel como Amartya Sen, Angus Deaton o Daniel Kahneman se encuentran entre los principales valedores de una corriente que pretende integrar nuevos indicadores para medir la pobreza, con el fin de obtener una imagen más fidedigna de la situación de los más vulnerables, y con ello implementar políticas públicas más eficaces.

Esta tendencia considera a la pobreza como un problema heterogéneo que afecta a individuos con diferentes necesidades cuantitativas y cualitativas. La premisa es simple: cada familia es pobre de una forma singular, cuenta con activos y problemas diferentes y se adapta a su propia realidad. Por ello, es necesario ofrecer un mejor diagnóstico que entienda la realidad única de cada individuo y familia e incorporar de forma activa a los propios pobres en la definición (y solución) del problema de la pobreza.

“Para abordar de manera eficiente un problema complejo como la pobreza es necesario entender todos los factores que influyen en la vida de las personas, y eso implica integrar y analizar elementos psicológicos, sociales, culturales y económicos que hasta el momento han estado inadvertidos”, explica Ana Mercedes Botero, directora de Innovación Social de CAF.

En este sentido, CAF ha apoyado la creación de modelos innovadores en la medición de la pobreza, que complementan las metodologías tradicionales con nuevas variables de naturaleza social y psico-emocional, empoderan a colectivos vulnerables en la medición y mejoramiento de su propia situación.

A continuación se destacan las iniciativas que el organismo multilateral ha llevado a cabo en América Latina para medir de manera más eficiente la pobreza:

Las dimensiones faltantes

La Dirección de Innovación Social de CAF publicó, en colaboración con la Universidad de Oxford, el informe Las dimensiones faltantes en la medición de la pobreza, que propone la incorporación de nuevos indicadores en los estudios sobre la pobreza que permitan captar dimensiones generalmente ausentes en los análisis que se realizan sobre este complejo fenómeno social.

La publicación abre una nueva perspectiva sobre cómo medir la pobreza en tanto fenómeno multidimensional con la incorporación de nuevos dominios como  el bienestar psicológico, la seguridad física, la capacidad de ir por la vida sin sentir vergüenza o humillación, y el empoderamiento. La ausencia de estas dimensiones refleja una brecha en cómo se mide la pobreza y cómo es percibida por las personas que viven en esa situación.

Estas dimensiones van acompañadas de retos: son más complejas de medir al tratarse de variables subjetivas y ha de hacerse un esfuerzo por crear indicadores cuantificables, comparables a nivel internacional y que permitan identificar cambios que puedan producirse en el tiempo. A pesar de la complejidad y el esfuerzo que supone su medición, la ausencia de estas dimensiones trae como riesgo no aplacar la  pobreza en todas sus variantes, ya que cada dimensión está conectada con los aspectos fundamentales del fenómeno.

El Semáforo

La herramienta del Semáforo de Eliminación de Pobreza es una metodología que permite a las familias medir su nivel de pobreza e identificar estrategias personalizadas para solucionar sus carencias específicas. El Semáforo se divide en seis dimensiones utilizando 50 indicadores: Ingresos y Empleo, Salud y Medio ambiente, Vivienda e Infraestructura, Educación y Cultura, Organización y Participación y Motivación e Interioridad. Cada indicador es definido como Rojo (pobreza extrema), Amarillo (pobreza no extrema) o Verde (No pobreza).

Esta metodología permite superar muchas de las limitaciones tradicionales de los programas de lucha contra la pobreza al permitir que cada familia auto-diagnostique su nivel de pobreza y desarrolle una estrategia personalizada para salir de la misma en forma permanente (elabora un Mapa de Vida). Rompe así el concepto abrumador de la pobreza en problemas más pequeños y manejables que pueden ser resueltos a través de acciones, haciendo visible lo invisible en forma de dimensiones e indicadores que representan en un contexto local lo que es ser pobre extremo (rojo), pobre (amarillo) y no pobre (verde).

La información generada es Geo-referenciada creando mapas comunitarios que facilitan a las empresas, organizaciones de la sociedad civil y gobiernos visualizar áreas problemáticas con el fin apalancar recursos y complementarse.

De esta manera, las familias son las principales protagonistas del proceso de eliminación de la pobreza, desde la auto-evaluación hasta la implementación de soluciones, transformando realidades y generando planes de eliminación de pobreza que van más allá de las meras subvenciones, buscando provocar cambios en los patrones típicos que generan y mantienen la pobreza.

Entidades públicas como el Ministerio de Justicia o la Secretaría Técnica de Planifación y más de sesenta empresas en Paraguay ya han empleado el Semáforo, encuestando a más de 20,000 familias. El Semáforo está siendo empleado en países tan diferentes como Estados Unidos, Sierra Leona, Argentina, Taiwan o Reino Unido y está presente en cuatro continentes.

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