“ALC vive un desequilibrio que también puede ser fuente de innovación”
29 de enero de 2026
Hay un momento, siempre hay un momento, en el que el cuerpo deja de ser el protagonista. Las piernas siguen avanzando, el corazón mantiene su ritmo, los pulmones cumplen su tarea… pero ya no mandan. A partir de allí, el maratón deja de ser una prueba física y se convierte en una conversación íntima con la mente. Una negociación silenciosa entre lo que duele y lo que insiste.
29 de enero de 2026
Por: Movistar y su servicio Vida Saludable
Correr un maratón en Caracas no es solo completar una distancia. Es atravesar una ciudad que respira historia, desniveles, humedad, ruido, sol y sombra. Es convivir con estímulos constantes mientras el cerebro intenta mantener una sola instrucción clara: seguir adelante.
El entrenamiento físico prepara músculos, tendones y resistencia cardiovascular. Pero es la fortaleza mental la que decide si ese cuerpo entrenado llega a la meta o se queda a mitad de camino. El maratón, antes de empezar en la calle, comienza semanas antes en la cabeza.
Uno de los grandes errores del corredor es pensar que el dolor es un enemigo que surge de repente. En realidad, el dolor en el maratón es progresivo, casi educado. Llega con avisos. Primero como incomodidad, luego como molestia, después como una presencia constante que pide atención.
La mente entrenada no intenta eliminar el dolor. Lo interpreta. Lo clasifica. Lo mide.
Aprende a distinguir entre el dolor que avisa lesión y el dolor que forma parte del
esfuerzo prolongado. Esa distinción es clave. El cerebro que entra en pánico ante
cualquier señal incómoda gasta energía innecesaria. El cerebro que observa y
administra conserva recursos.
En el asfalto caraqueño, con tramos de calor intenso y otros de brisa inesperada, esa gestión mental del dolor se vuelve un arte. No se trata de endurecerse sin sentido, sino de desarrollar una tolerancia consciente: aceptar que el cuerpo se expresa y que la mente decide cómo responder.
Un maratón no se corre de una sola vez. Se corre en segmentos mentales. Kilómetro a kilómetro, respiración a respiración, pensamiento a pensamiento. La concentración no es rigidez; es enfoque flexible.
La ciudad ofrece distracciones constantes: sonidos, gente, música, curvas, pendientes. La mente débil se dispersa, se adelanta al cansancio futuro o se ancla en errores pasados. La mente fuerte se queda en el presente inmediato. No piensa en la meta a 20 kilómetros de distancia. Piensa en el siguiente paso bien dado.
Muchos corredores abandonan mentalmente antes de abandonar físicamente. Cuando la atención se rompe, el cuerpo lo siente. El ritmo se desordena, la respiración pierde coherencia, el cansancio se acelera. Mantener la concentración es sostener el equilibrio interno en medio del caos externo.
Existe una idea romántica de que el maratón se gana con euforia. La realidad es distinta. La euforia es inestable. Sube rápido y cae igual de rápido. Lo que sostiene una carrera larga es la regulación emocional.
El corredor mentalmente preparado no se deja llevar por la emoción del inicio ni se
hunde en la frustración de los momentos duros. Aprende a mantenerse en un estado emocional funcional. Ni demasiado arriba, ni demasiado abajo.
En Caracas, donde el público puede levantar el ánimo en segundos y el calor puede
derrumbarlo igual de rápido, esta regulación se vuelve esencial. No se trata de correr emocionado, sino de correr lúcido. De entender que cada emoción tiene un impacto directo en la percepción del esfuerzo.
La mente estratégica sabe cuándo empujar y cuándo conservar. Sabe cuándo escuchar al cuerpo y cuándo cuestionarlo. Esa inteligencia emocional aplicada al running es una de las diferencias más claras entre terminar fuerte o terminar sobreviviendo.
El “muro” no es un punto fijo del recorrido. No aparece exactamente en el kilómetro 30 para todos. Es una experiencia subjetiva que combina agotamiento energético, fatiga neuromuscular y, sobre todo, saturación mental.
Cuando el cerebro percibe que las reservas disminuyen, activa mecanismos de
protección. Reduce la sensación de fuerza, amplifica la percepción del esfuerzo, envía señales de alerta. No porque el cuerpo esté roto, sino porque quiere preservar energía.
Aquí es donde la mente entrenada marca la diferencia. No lucha contra el muro con
rabia. Lo atraviesa con paciencia. Ajusta expectativas, reduce el ritmo si es necesario, redefine el objetivo momentáneo. En lugar de pensar “no puedo más”, piensa “puedo manejar esto”.
El muro no se derriba, se negocia. Y esa negociación ocurre exclusivamente en la
cabeza.
Más allá de técnicas y estrategias, existe un factor silencioso pero poderoso: la
identidad del corredor. La forma en que una persona se percibe a sí misma influye
directamente en su rendimiento.
Quien se ve como alguien frágil, duda ante el cansancio. Quien se reconoce como
constante, persiste. La mente construye relatos internos durante toda la carrera.
Algunos fortalecen, otros sabotean.
En un maratón como el CAF Caracas, con su carga simbólica, su aniversario, su ciudad, muchos corredores no solo corren una distancia. Corren una historia personal. Un proceso. Un cierre o un comienzo. Esa narrativa interna puede convertirse en una fuente de energía silenciosa cuando el cuerpo empieza a flaquear.
No se trata de frases grandilocuentes, sino de convicciones profundas. De saber por
qué se está allí. De recordar que la meta no es solo una línea pintada en el suelo.
Así como se entrenan las piernas, se entrena la cabeza. Visualización, control
respiratorio, simulación de escenarios difíciles, diálogo interno consciente. Todo forma parte de la preparación mental.
El corredor que solo entrena el cuerpo llega incompleto. El que incluye la mente en su plan llega armado. Sabe que habrá momentos incómodos, y no se sorprende cuando llegan. Sabe que habrá dudas, y las reconoce sin obedecerlas.
En una carrera larga, la sorpresa es enemiga. La preparación mental elimina la sorpresa.Convierte lo difícil en esperado y lo esperado en manejable.
Cuando finalmente se cruza la meta, el cuerpo responde con lo último que le queda.
Pero la decisión de no detenerse, de no caminar, de no rendirse, se tomó mucho antes. Se tomó en silencio, en algún kilómetro anónimo, cuando nadie estaba mirando.
El maratón termina en la meta, pero se gana en la cabeza. Cada paso final es el resultado de miles de micro decisiones mentales acumuladas durante horas.
Caracas, con su geografía desafiante y su energía particular, no perdona distracciones. Pero también recompensa a quienes llegan preparados por dentro. A quienes entienden que la verdadera resistencia no siempre se ve en los músculos, sino en la calma con la que se enfrenta el cansancio.
Porque al final, el maratón no mide solo cuántos kilómetros puedes correr. Mide cuántas veces puedes convencerte de seguir cuando todo en ti pide parar.
Y esa es, sin duda, una mente de acero.
Si te interesa más contenido como este puedes suscribirte a Vive Saludable, a través de www.movistar.com.ve sección Entretenimiento Digital, categoría Bienestar.
29 de enero de 2026
29 de enero de 2026
29 de enero de 2026