Pablo López
Especialista de desarrollo urbano, CAF - banco de desarrollo de América Latina y el Caribe -
En los últimos años, la idea de la ciudad de 15 minutos ha conquistado una parte importante del discurso urbano y de los planes de gobierno en varias ciudades del mundo. Propuesta por el urbanista Carlos Moreno y popularizada en París, plantea algo seductor: que todo lo que necesitamos —trabajo, escuela, comercio, parques, cultura— esté a solo 15 minutos a pie o en bicicleta desde casa. Aunque atractiva, la propuesta despierta un interrogante inevitable cuando pretendemos trasladar esta visión a América Latina y el Caribe, una región marcada por la desigualdad, la informalidad y la urbanización dispersa: ¿es realmente viable su implementación o corremos el riesgo de profundizar la brecha territorial?
El riesgo de transformar parcialmente ciudades extensas
Modificar décadas de expansión urbana centrada en el automóvil no es solo una cuestión de diseño urbano, ya que implica inversiones masivas, cambios normativos y capacidades de gestión que apenas existen en algunas ciudades de la región. Ante estas restricciones, la experiencia muestra que, cuando los recursos son escasos, las inversiones tienden a priorizar barrios con mayor visibilidad política, demanda organizada o potencial de valorización del suelo, lo que deja atrás a sectores populares donde las necesidades son mayores, pero la presión institucional es menor.
Ante la posibilidad de hacer visibles más rápidamente sus efectos, la ciudad de 15 minutos podría nacer primero en barrios acomodados, con calles arboladas, parques de calidad y equipamientos nuevos, mientras las periferias populares seguirían dependiendo de viajes largos, costosos e inseguros para acceder a lo básico. Así, un modelo pensado para democratizar la ciudad podría, mal aplicado, profundizar la brecha territorial.
La economía urbana marca los límites
En el marco de la planificación urbana, las dinámicas económicas definen dónde están los empleos, los servicios y las oportunidades. No todos los sectores productivos ni las infraestructuras clave pueden replicarse cada 15 minutos. En las ciudades existe una concentración de empleos y una especialización de actividades porque muchos trabajos dependen de economías de aglomeración, que no se trasladan fácilmente a cada barrio sin perder competitividad.
Existen servicios complejos, como hospitales especializados, universidades, centros culturales o industrias, que requieren escala y concentración para funcionar de manera eficiente y que son difíciles de replicar en barrios de menor tamaño. Si no se entiende esta dinámica, existe el riesgo de hundir inversiones sin obtener los efectos esperados en términos de generación de empleo o provisión eficiente de servicios.
Microterritorios conectados, pero fragmentados
Aunque Moreno insiste en que su modelo no propone barrios autosuficientes ni cerrados, sino redes de centralidades abiertas, en América Latina la falta de transporte masivo eficiente —reemplazado muchas veces por el transporte informal—, la inseguridad ciudadana y la histórica segregación espacial pueden distorsionar el resultado esperado.
En la práctica, una implementación parcial podría generar microterritorios aislados, dejando fuera a una parte de la población y debilitando el sentido de ciudad como espacio común y accesible. Por otro lado, la consolidación de barrios autosuficientes podría desalentar las interacciones con otras áreas de la ciudad, restringiendo una vida urbana más rica basada en la generación de vínculos que exceden el barrio y, sobre todo, en el reconocimiento de realidades diferentes a las del entorno inmediato. En lugar de reducir desigualdades, una aplicación deficiente del modelo podría reforzar fronteras invisibles dentro de la ciudad.
Una visión alternativa: metrópolis como archipiélago de oportunidades
La ciudad de 15 minutos ofrece una visión ampliamente aceptada de un futuro urbano más verde y habitable. Si bien resulta atractiva la idea de una ciudad donde todo lo que necesitamos esté a solo un paseo de distancia, es importante reconocer los límites, riesgos y condiciones de implementación para adaptar esta propuesta a nuestras realidades urbanas.
Frente a estos riesgos y posibles consecuencias, América Latina y el Caribe necesitan pensar sus ciudades de manera más holística y metropolitana, no fragmentada en “barrios de 15 minutos”. Se requiere una mirada que abarque toda la complejidad de nuestras ciudades, marcada por la creciente informalidad laboral y territorial, los altos niveles de inequidad, los deficientes sistemas de movilidad urbana y los muy bajos niveles de productividad.
Una alternativa es concebir la ciudad futura latinoamericana y caribeña como un archipiélago de oportunidades, que rescata elementos valiosos de la ciudad de 15 minutos, pero los incorpora en un modelo más flexible y viable. Esta ciudad futura, vista como archipiélago de oportunidades, debería caracterizarse por contar con:
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múltiples centralidades conectadas física y virtualmente, sin exigir autosuficiencia barrial;
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servicios básicos distribuidos de forma equitativa en toda la mancha urbana, evitando duplicaciones ineficientes;
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acceso al empleo, a la educación y a la cultura garantizado en términos de calidad, tiempos y costos razonables, aunque los tiempos de desplazamiento superen los 15 minutos, gracias a transporte masivo y conectividad digital robusta.
Se trata de un enfoque que parte de la realidad de nuestras ciudades y busca la inclusión y la eficiencia económica a escala metropolitana, y no necesariamente barrial. Es una mirada que va más allá del reloj, porque el gran desafío para nuestras ciudades no es solo cronometrar los trayectos, sino garantizar que todas las personas tengan acceso a servicios y oportunidades de calidad sin importar su lugar de residencia.
La ciudad del futuro no se medirá solo en minutos, sino en derechos garantizados, oportunidades compartidas y trayectorias de vida abiertas; es decir, caminos diversos para progresar social y económicamente sin que el lugar donde se vive sea una condena al estancamiento.
En última instancia, la pregunta no es si los barrios de nuestras ciudades pueden ajustarse a los 15 o 30 minutos, sino quiénes podrán disfrutar de ciudades con múltiples oportunidades y qué tan dispuestos estamos a garantizar que esto sea un derecho para todos y no un lujo urbano reservado a unos pocos.