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La educación en la gestión urbana19 de diciembre de 2017 por: Pablo López
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Juan y Martín tienen seis años y hoy comienzan juntos la escuela. Ambos cuelgan sobre sus hombros una bolsa que esperan ir llenando de herramientas durante la escuela primaria y que, si tienen la motivación suficiente y los recursos necesarios, podrán continuar llenando en la escuela secundaria. Con lo que recolecten en sus bolsas decidirán luego si continúan estudiando o se lanzan al mercado de trabajo, decisión que dependerá de cuán útiles sean las herramientas que adquieran al finalizar ese recorrido. 

La bolsa de Martín ya tiene algunas herramientas básicas. Sus padres se la regalaron cuando cumplió 2 años y la fue llenando de a poco hasta este momento. La bolsa de Juan, conseguida hace solo un año, es más pequeña que la de Martín, y tiene algunos orificios que su maestra de jardín tuvo que zurcir de urgencia. Por esos huecos ya perdió algunas de las pocas herramientas útiles que tenía. 

A lo largo de la escuela primaria las herramientas que pondrán en sus bolsas serán variadas. Algunas de ellas serán muy valiosas, ya que podrán usarlas para distintas tareas o complementarlas con otras herramientas de usos más específicos. Cuando el primer ciclo finalice, es muy probable que la bolsa de Martín se haya llenado más fácilmente que la de Juan, porque las herramientas se acomodan mejor y la bolsa resiste muy bien. La de Juan, al igual que la de muchos niños en América Latina, estará un poco más abultada que cuando empezó la escuela, pero mucho menos llena que la de Martín.

Este contraste entre las herramientas que ambos poseen, y que no son más que las habilidades o capacidades cognitivas y no cognitivas de cada uno, no es trivial. Antes de entrar a la escuela, las diferencias en desarrollo cognitivo, en términos de una medida de desarrollo verbal, puede equivaler hasta 20 meses de rezago al comparar niños de hasta 5 años que viven en los hogares del quintil más pobre con aquellos del quintil más rico, según el Reporte de Economía y Desarrollo de CAF de 2016. A pesar de que la brecha cognitiva puede acortarse durante la etapa escolar primaria, en general no llega a cerrarse y esto condiciona en gran manera el recorrido en los siguientes años de formación. 

Existe una dificultad adicional para Juan. Cuando termina la jornada escolar su tiempo se reparte entre el cuidado de su hermanita y las horas en las que ayuda en el trabajo de sus padres. Juan se cansa y no tiene fuerzas para practicar con sus herramientas y le cuesta levantarse temprano a la mañana para emprender su largo viaje a la escuela. Martín tiene más suerte.  Desde que era niño sus padres lo acompañan en sus tareas. Después de la merienda, abre la bolsa y les muestra las flamantes herramientas que ese día le entregaron en la escuela y, preocupado, les relata que hay un par de ellas cuyo funcionamiento no alcanza a comprender exactamente. Martín sabe que sus padres podrán explicárselo. 

Si ambos deben sortear barreras diferentes, el resultado de la carrera es muy probable que también sea desigual. Las estadísticas son contundentes acerca de la previsibilidad de los caminos futuros de Juan y Martín: en América Latina la deserción escolar empieza a los 11 años de edad, se refuerza entre los 13 y 15 años, y es mucho más alta entre los jóvenes más pobres. En América del Sur la tasa de matriculación a los 17 años es un 23% inferior para los jóvenes del quintil más pobre en comparación a los del quintil más rico, mientras es casi un 50% más baja en el caso de Centroamérica, según el RED 2016. Es muy probable que Juan sea uno más de los muchos jóvenes que abandonarán de manera temprana la educación formal, alimentando estas cifras de inequidad. 

¿Cómo revertir esta tendencia? ¿Cómo llenar de buenas herramientas la bolsa de los niños que comienzan la escuela? ¿Cómo reforzar la bolsa de Juan?  Y ante estas preguntas, ¿qué respuestas pueden proveerse desde la gestión urbana? 

Asegurar la formación de las habilidades cognitivas, socioemocionales y físicas de los ciudadanos debe ser uno de los principales retos de la gestión urbana. La necesidad de mejorar los niveles de inclusión social y la productividad en las ciudades coloca esta cuestión como prioridad en la agenda. En el marco de un contexto socioeconómico futuro difícil de predecir y que probablemente interpele la configuración del sistema educativo actual, las ciudades deben identificar políticas y acciones que apoyen los sistemas formales e informales de construcción de habilidades necesarias para la vida y los trabajos del futuro. 

A Juan le sería muy útil contar con mejores servicios y equipamientos provistos por su ciudad. Con un transporte público más eficiente podría destinar menos tiempo para llegar a su escuela y descansar más o practicar con sus herramientas; si hubiese cerca una guardería infantil pública para su hermanita, también dispondría de más tiempo para sus obligaciones escolares; si el agua potable y el alcantarillado llegaran seguros a su vivienda, sus inasistencias a la escuela disminuirían al solucionar las causas de sus problemas de salud. El RED 2016 aporta valiosos insumos para definir políticas, destacando además de la escuela, el ámbito familiar, el del trabajo y el medioambiente urbano construido, como espacios de intervención para la formación de habilidades. El margen para la política urbana puede ser muy amplio.

Más allá de la necesidad que el futuro del empleo plantea, la adquisición de habilidades es el principal insumo para fortalecernos como ciudadanos plenos. Fundamentalmente, nos brinda la posibilidad de reconocer las oportunidades que se presentan para construir el camino que deseamos (o podemos) recorrer en nuestra vida. Proveer la oportunidad de que todos los niños y jóvenes estén en condiciones de adquirirlas es una cuestión de justicia y de equidad para aquellos que, como Juan, actualmente y en el futuro, se puedan ver impedidos de construir ese camino.

Pablo LópezEjecutivo Principal de la Vicepresidencia de Desarrollo Social en CAF