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De milagros agrícolas y financieros: el caso Cajamar y lecciones para América Latina08 de mayo de 2017 por: Raúl Compés López
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Que un pedazo de desierto se convierta en un vergel es infrecuente, pero se han dado casos a lo largo de la Historia. Que en un territorio pobre nazca un banco vinculado al sector agroalimentario es posible, pero que su crecimiento sea tan alto que en unas pocas décadas se convierta en una referencia a escala nacional es improbable. Y que ocurran todas estas cosas a la vez está más cerca del mundo de los milagros que de los hechos habituales de la vida económica.

Pues bien, Cajamar es una prueba de que estos procesos ocurren y que, además, pueden converger para dar lugar a un fenómeno excepcional. Visto en su conjunto, su caso constituye un magnífico ejemplo de desarrollo productivo y financiero, y una muestra de cómo una entidad de origen modesto puede hacerse grande si se preocupa sinceramente de fortalecer a sus clientes.

El origen de Cajamar es la Caja Rural de Almería. Esta nació en 1966, en la árida provincia del sureste peninsular, como una cooperativa de crédito de ámbito provincial especializada en el sector agrario. En la actualidad se sitúa en el puesto decimocuarto del sistema financiero español.

La misma se creó para financiar el modelo de producción intensiva de hortalizas bajo invernadero surgido de las políticas de colonización y desarrollo en la España de los años cincuenta y sesenta. Sus fundadores entendieron que para que el nuevo modelo tuviera éxito era necesario atender todas las necesidades de los nuevos agricultores, y no solamente concederles préstamos para sus inversiones. Su gran aportación consistió en unir una oferta financiera competitiva con un servicio de asistencia técnica profesional y una estrategia de colaboración para mejorar la organización de los productores.

En muy poco tiempo, y sobre una base tecnológica constituida por el plástico, el enarenado y el riego por goteo, los invernaderos de Almería se fueron convirtiendo en una importante fuente de creación de riqueza y empleo. Su crecimiento recibió un fuerte impulsó con la apertura total, en 1992, del mercado de la actual Unión Europea a las exportaciones hortofrutícolas españolas.

La posibilidad de acceder sin restricciones a un mercado mucho mayor convirtió a la antigua tierra de emigrantes en el principal proveedor de hortalizas de Europa durante la mitad fría del año. Las circunstancias fueron favorables, y el ecosistema hortícola almeriense supo aprovechar esa gran oportunidad. Las ventas crecientes de hortalizas y las necesidades de financiación de las empresas del sector alimentaron el crecimiento de la Caja, que en los años ochenta se había convertido en la más grande del sistema de cajas rurales y en pilar fundamental de uno de los principales clústeres hortícolas del mundo.

La gestión de un éxito de estas dimensiones para una caja no es fácil. A pesar de que la liberalización financiera les permitía actuar con las mismas reglas que la banca generalista, la tradición y su naturaleza cooperativa las ligaba estrechamente a su territorio de origen y (auto) limitaba sus expectativas de crecimiento. Sin embargo, para la Caja Rural de Almería estas circunstancias pesaban menos que la presión derivada de la dinámica expansiva del negocio de los invernaderos y de la necesidad de diversificar riesgos.

Su política de expansión se inició modestamente a finales de los años ochenta, mediante la apertura de oficinas en Murcia y Barcelona, pero dio un salto estratégico en el año 2000 con la fusión con la Caja Rural de Málaga para crear Cajamar.

El significado de esta fusión iba más allá de la creación de una entidad financiera de mayor tamaño. Expresaba, además, la voluntad de la caja almeriense de liderar la integración del sistema de cajas rurales en España. Este, tradicionalmente fragmentado y heterogéneo, llevaba dos décadas intentando estrechar la cooperación entre sus miembros. La creación de Cajamar fue la respuesta de la caja de Almería al modelo tradicional y, de hecho, una parte de ese mundo la recibió con cierta hostilidad.

Existe un elemento de continuidad que forma parte de la idiosincrasia de la caja. Se trata de una filosofía de financiación del sector agrario acompañada de transferencia de tecnología. De hecho, en todo este tiempo ha perseverado en la creación y transmisión de conocimiento con nuevas herramientas como las Cátedras de Empresas, actividades de formación, estudios y publicaciones y convenios de I+D+i con todo tipo de organizaciones del clúster agroalimentario. Esta oferta es hoy única en España y se ha convertido en una de sus principales ventajas competitivas.

La evolución de la caja rural española no se puede trasplantar, entre otras cosas porque es fruto de unas circunstancias históricas irrepetibles. Sin embargo, conocer las claves de su "milagro" permite entender mejor la interacción entre financiación y desarrollo agrícola, y ofrece un catálogo de buenas prácticas de gestión financiera y aplicación del conocimiento que pueden ser adaptadas a otros entornos. De manera tal que, el caso Caja Rural de Almería-Cajamar constituye una interesante referencia para los gobiernos y bancos de América Latina, cuyos países tienen por delante una oportunidad histórica para responder a la demanda de alimentos de una población mundial cada vez mayor.

Adicionalmente, su caso demuestra que la banca, cuando conoce el negocio de sus clientes, es un instrumento indispensable para promover un desarrollo agrícola sostenible, reducir la pobreza y mejorar el equilibrio social. A este respecto, CAF-Banco de Desarrollo de América Latina- puede contribuir a modernizar la oferta financiera, tecnológica y organizativa de la región fomentando el traslado de experiencias exitosas como la de Cajamar.

Raúl Compés López Doctor Ingeniero Agrónomo por la Universitat Politècnica de València